jueves, 25 de junio de 2009

EL MILAGRO EN LA VIDA DE MI VIEJO


Mi viejo se llama Oscar Ernesto, tiene 82 años, es reconocido médico de su especialidad en mi ciudad natal, Iquitos, y ahora se encuentra en retiro. Pero, a pesar de ello, es buscado por ser el mejor en lo que sabe hacer: SANAR A LOS ENFERMOS.

Durante 26 años aproximadamente, nuestra relación de padre - hijo fue, digamos, DIPLOMÁTICA. Me explico: A los 18 años tomé la decisión de casarme y de retirarme de la casa paterna. Este hecho fue el origen de los futuros desencuentros, distanciamientos y agrios como altisonantes "intercambios de opiniones" sobre cualquier tema. En las poquísimas veces que lo visitaba o hablábamos telefónicamente o nos escribíamos cartas o mensajes; la mayor de las veces terminaban con frases hirientes; directas o entrelíneas.

Mi temprana responsabilidad hizo que viera la manera de sobrevivir y sostener a mi familia. Dejé a un lado mis aspiraciones de estudiar Derecho Internacional y Diplomacia (me estaba preparando estando en la secundaria), y asumí mi condición y realidad. Obtuve distintos trabajos, ingresé a la universidad, formé mis empresas, gané, fracasé, me lavanté, terminé mis carreras, volví a caer, me volví a levantar y... uff!! fue una dinámica increíble que ahora valoro. Porque aprendí y me formó. Aprendí que no eran mis fuerzas las que me mantenían firmes y mirando adelante, como lo creía con arrogancia y soberbia: era la Mano del Señor la que me sostenía y me daba Su ayuda cuando lo necesitaba. Y me formó con estas experiencias, porque Él -ahora lo sé- tiene grandes planes y propósitos es los que Me utilizará.

Bueno. Ocurre que mi viejo -acompañado por mi mamá- viene a Lima cada cierto tiempo para sus revisiones médicas y, una vez que le dan el okey, regresa a Iquitos. Esto le tomaba entre 20 y 30 días, a lo sumo. Más aún, que a él le gusta estar en su casa, sin importunar a nadie, disponiendo como quiere de lo que tiene y, lo mejor, bajo el cielo hermoso de su segunda tierra: Iquitos. La extraña. La quiere. La gente lo estima. Lo saludan personas que él no recuerda, pero que a él lo recuerdan porque los ha salvado de algún mal. Lo reconocen los profesionales más jóvenes, y le consultan. Y lo invitan a disertar y dar conferencias. Y eso le hace bien, y se siente bien.

Hoy, se encuentra en Lima más tiempo del que esperaba (vinieron en febrero), pues algunas cosas se habían complicado en su salud. Entró para un cateterismo, con la finalidad de limpiarle las arterias coronarias y darle más libertad a su corazón; pero, una estadía de 3 a 4 días en el hospital, se convirtieron en más de 30. Muchos de ellos en la unidad de cuidados intensivos. Seguidos atentamente por todos nosotros: esposa, hermanas, hijos, hijas, yernos, nietos, bisnietos...

Pasada esta etapa, fue dado de alta y fue a instalarse en su nuevo departamento obsequiado com mucho amor por mi hermano Luis David. Planeaban viajar a Brasil, y luego a Iquitos. Sin embargo, vinieron más momentos de sobresaltos, pues eran un ir y venir casi constante a emergencia del hospital; quedarse unos días hasta que pasara todo; y luego regresar a su casa.

Su penúltimo ingreso fue lo más destacable. Por lo que sintió y deseó hacer. Pidió hablar a solas conmigo, sin que nadie nos interrumpiera. Y así se hizo. Con largura. Esto fue un domingo por la tarde, hace cinco semanas. Me dijo que quería sentirse libre de cargas hacia mí, que quería dejar marchar de su corazón cualquier diferencia entre nosotros, quería estar en paz con Dios, consigo mismo, y conmigo. Fue la tarde más maravillosa en muchos años. Fue un día de liberación y de bendición para ambos. Sobre todo para mí: Por ser bendecido por mi Padre, POR PRIMERA VEZ.

Este último Día del Padre, la pasamos es su depa. Luego del culto dominical, lo visité acompañado por mis hijos Arturo Valentín y Diego Miguel (María Gabriela estuvo presente espiritualmente, pues se encuentra en Iquitos con un propósito). Llegamos antes que los demás. Nos esperaban mi papá y mi mamá (quien, dicho sea de paso, merece muchas líneas por su brega por él).

Fue la primera vez que, en un día como este, me sentí bien, tranquilo, en paz junto a mi viejo; y él, junto a mis hijos. Fue la primera vez, también, que ví en su rostro una sonrisa sincera, plena, sin carga. Libre.

Quiero terminar este breve escrito, con algo que a pesar de todas las circunstancias, mi padre siempre repite: SOY UN HIJO ELEGIDO POR EL SEÑOR.

Y yo le digo: SÍ, VIEJO, ERES UN ELEGIDO POR DIOS!! LARGA VIDA AL PADRE!!.

MUCHAS GRACIAS, SEÑOR.

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